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martes, 13 de octubre de 2009

George Best



Cuando realmente algo tiene que suceder, el universo entero conspira para que ocurra. Una gota de agua es capaz de rebalsar tanto un vaso como un océano y toda la parla de la Teoría del Caos puede ser muy espiritual para Edward Lorenz, pero ante situaciones como éstas uno debe rendirse. Y aunque el efecto mariposa compruebe que la causa- efecto se interrelaciona más allá de la simple casualidad y rige desde mecanismos naturales a situaciones de la vida misma, hay quienes se aferran a la creencia, ingenua para algunos, del azar y la sincronización de los hechos. Para otros todo tiene que ver con algo. La discusión sería interminable, pero el objeto es otro.



La muerte de George Best coincidió con la fecha de entrada del decreto que estableció grandes restricciones a la distribución y al consumo de bebidas alcohólicas en Inglaterra; y su madre murió a los cincuenta y cinco años por una enfermedad relacionada también con el alcohol, que fue la herencia natural que no eligió dejarle. El primer partido del Manchester United en Old Trafford posterior a su desaparición fue un partido de Liga contra el West Bromwich Albion, el club contra el que debutó en 1963.



Casualidad, sincronización de los hechos o azar, la realidad es cuanto menos curiosa. La física cuántica y los ancestros filosóficos orientales no funcionaron nunca en la vida de uno de los íconos culturales más populares de su generación y ese es el punto. Porque George Best dejó de beber sólo cuando dormía, porque la superabundancia de champagne y vodka no lo perjudicaban diariamente para ir a entrenar, claro está...en sus sueños. Y en el superávit de licor se halla la contraposición del emblemático ligón. La chabacanería de su narcosis contrastó siempre con su elegancia vistiendo aquella camiseta carmesí del United, a la que le regaló, con su abanico de aptitudes, las ligas del 65, 67´ y la Copa de Europa del 68´.



El antagonismo de su despilfarro nocturno y sus condiciones de player prodigio lo catapultaron fugazmente de una simpatía popular a una encarnizada idolatría. Sugestivo y cautivador, el atractivo barbado se paseó por el amarillista y farandulero Miss mundo del espectáculo jactándose de haber flirteado con cuanta modelo se topó en su asequible camino.
Manchester agradeció la gallardía del "quinto beatle", que beodo de compañías londinenses y onerosos vehículos, decidió habitar su ímpetu en el sudafricano gremio judío de Johannesburgo por un año y regalar imprudencia en Dublin para finalmente desembarcar en la Major League Soccer, y así saciar sus quimeras por Las opulentas Vegas.

El trotanoches sufrió la resaca de Irlanda del Norte y no hubo sotabarba trébol en ningún Mundial ni Eurocopa. Con el karma de su cirrósica herencia a cuestas, el Fulham inglés se llevó al virtuoso miembro del Hall of drink que evidenció en sus botines la última medida de gin.

Ninguna de sus esposas, ni sus innumerables hijos atribuidos lo sacarían de prisión aquella Navidad del 84´, cuando por agredir a un policía, desenfundó su petaca tras las rejas. El ocaso de su antideportiva carrera se ratificó en un embriagado papelón televisivo.



Entre escándalos mediáticos, acusaciones por malos tratos e intentos por ligarse de alguna manera al fútbol se pasó la vida del ex Golden ya no tan boy que terminó asumiendo un compromiso perpetuo con la bebida.
Casualidad, sincronización de los hechos o azar, ese díscolo y avejentado ambidiestro, que supo ser Balón de oro y de "more beer", pidió postrado en el hospital, que le tomaran una foto y que la publiquen titulando: "No mueran como yo".


El mensaje no redime al esquizofrénico astro del libertinaje, ni a la turbiedad de sus impuros actos. Sus insanas excentricidades fueron su elección, su opción. Enajenado estilo, estilo al fin. Elevó un último brindis con el gol, con la noche y con los extremos de la gloria. ¿Cómo murió? Ya saben como vivió.

viernes, 19 de junio de 2009

Enzo Francescoli


El plástico, por Juan Sasturain (Wing de metegol)



Jugaban River y Colón. A los cinco minutos, el Indiecito Solari maniobró a diez, quince metros de la línea de fondo por izquierda, amagó para acá, quebró para allá y puso el centro paralelo y alto con parábola corta a la altura del primer palo. Francescoli –estaba libre, de cara al origen del envío, equidistante entre espectadores de camiseta rojinegra- y no saltó: se elevó que es otra cosa. Cuando el cuerpo llegó al punto máximo de distancia con respecto a la gramilla del Monumental, en ese instante de inmovilidad previo a comenzar el descenso, la pelota le llegó.


Intersección plena (nada de ceja, de oreja, de nuca y mucho menos de hombro): frontal/parietal derecho y giro de un poquito más de cuarenta y cinco grados –algo más de cincuenta, incluso- de izquierda a derecha y con leve inclinación hacia abajo para que la pelota se abriera en ángulo obtuso ( con perdón de la palabra) y con parábola descendente, de modo tal que picase cerca de la línea de gol e inmediata al poste más lejano, inalcanzable para el manotazo de Leonardo Díaz. Gol.




En circunstancias similares, antiguos bailarines airosos como Rubén Bravo o el otro Rubén, el divino Marqués Sosa –jugadores de Academia en el mejor de los sentidos-, solían realizar un movimiento ascendente similar, con giro brusco de cervicales equivalente, pero con una resolución coreográfica distinta, algo más contenida: mantenían los pies juntos, tobillos contiguos, no separaban demasiado los brazos del cuerpo. El giro apenas si involucraba a los hombros.




Lo de Francescoli ante Colón fue más expansivo, pero igualmente armónico: separó las piernas casi al máximo mientras subía, al mismo tiempo que los brazos acompañaban con un aleteo la torsión del torso que para eso está, para sumar fuerza al impacto. Pero claro que no aterrizó desparramado.




Cuando volvió a tomar contacto con el césped (no es fácil precisar si la pelota ya estaba adentro o iba en camino) ya estaba armado otra vez como solía Nureyev después del vuelo. Cayó sobre las puntas y salió a celebrar entre ovaciones. Algún purista podría objetar que se despeinó. No sería justo: desde la terrible escena final de Bonnie and Clyde y el Shock de Susana Giménez con sus secuelas de innumerables publicidades de shampoo, la cámara lenta le ha dado un indudable prestigio estético al movimiento armónico del pelo revoleado. Y en el gol de Francescoli, repetido, repetido, repetido y repetido por televisión, el pelo acompañaba a la pelota en la salida como si la despidiera con una mano tendida desde la cabeza. El borrón del pelo, en esas repeticiones ralentizadas al máximo, dibuja el movimiento, la dirección, como el viento en la llama, como las rayitas que acompañan los dibujos de historietas. Eso es: dibujado en el aire.




La palabra para definirlo es plástico. Francescoli es plástico. Hay muchos que son “de” plástico, carecen de buena madera; hay otros que son plásticos como lo es la plastilina, lábil, fácil de deformar y que sirve mucho para nada.




El señor Francescoli es plástico en el sentido estético, lo que se entiende por forma armónica, en reposo o en movimiento. Una manera digna de usar y de poner el cuerpo: cuando entra al campo, erguido y estatuario; cuando distribuye peso y equilibrio en una volea; cuando festeja sobrio, sin trabajo de coreografía; cuando saluda y levanta le brazo agradecido sin obsecuencia; hasta cuando le pegan cae como se debe... Por eso, cuando se está yendo, lo queremos congelar; pero no como a un indeseable Walt Disney. Que quede la imagen congelada de Francescoli para que venga un Leonardo –no Leonardo Díaz, precisamente- y establezca proporciones, saque medidas, dibuje el Modelo.




Para que Chona disfrute de este texto imperdible en todo los sentidos.

jueves, 3 de abril de 2008

No se olviden de...


...este no ídolo que hoy desfila por una pasarela de discos rígidos con memoria expansiva y se tropieza con su enmarañado dribbling eterno hasta la recapitulación.


Raúl Humberto "Pipi" Vattimos

Tocando bocina por la banda derecha y luciendo su traje de turno se hace presente este mozo de cordel, que llevó sin cuerda la carga de ser un futbolista que no se hacía presente en el marcador, que no solía pisar el área rival y que en silencio manejó el bastón del autocastigo a la hora de mostrarse contadas veces en la pantalla.

Federico Mouras causaba un virus masivo que conmocionaba a la argentina aquel bisiesto 1988 y Vattimos ya se había calzado la camiseta de Talleres de Córdoba. Muchos años a la par de un tránsito congestionado de veloces wings y pelotas silbadoras lo depositaron contra el cartel y fuera del fútbol allá por el 2000 cuando viajaba en un globo que salía de memoria a la orden de Cúper.

Hoy día ya no madruga recordando el sueño de ese carril ambidiestro y sólo se dedica a representar jugadores. Pidiendo permiso, tocando bocina.

Trayectoria: Talleres de Córdoba, Velez, Mandiyú de Corrientes, Platense, Lanús, Quilmes y Huracán.



¿Te acordás de Vattimos?

Si, me acuerdo.

miércoles, 30 de enero de 2008

Fernando Carlos Redondo Neri








Redondo, redondo barril con..fútbol.





Y así comenzamos... hojeando el legendario cuento del príncipe de las mil maravillas. Aquel que supo ser conde y duque de su exclusiva dinastía gambeteando rivales en un baldosín. Ese copartícipe vip del "hall of fame" del que brotaba distinción. Esa empalagosa y nevada perla que se ganó el pedestal merengue con su delicadeza: Fernando Carlos Redondo Neri.

Un vendaval de categoría sopló y nos arrastró al principio del cuento. Allí cuando ese rapaz muchachito de Adrogué, con la remera adentro y el pelo mojado, bien mojado, desparramaba por las canchas de salón su estilo pulcro, estético y presumido. Fue ese talento natural, made in gambeta y orden, made in casa, el que lo llevó, tan sólo con 15 años, a debutar en la primera de Argentinos Juniors y luego a ser transferido al Tenerife español.


Y a partir de allí el tiempista de los tiempistas se aferró a la más linda y no la soltó. Recorrió el globo con el globo jugando a ser Alfredo Distéfano y fantaseando ser nadie más que el mismísimo Fernando Redondo. Ni por los colores del cielo y el alma resignó su prodigiosa cabellera. Se acomodó las medias en Madrid, se ató los botines en Milán y los dejó hablar en Adrogué, en Ezeiza: en toda la Argentina.



Siguió al frente de la cátedra en silencio y pese al burdo palabrarerío de muchos parlanchines escrutadores de almas y actitudes ajenas. No confió en su izquierda, no tuvo mano derecha y por un pelo fue excluido de la selección. Observó el intrincado crucigrama de críticas que bajó desde su cabeza hasta su fineza, junto a alguna gota de sudor y devolvió un enjambre de consagraciones (1 Copa América, 1 Copa Confederaciones, 1 Copa Sudamericana, 1 Supercopa Española, 1 Copa de Italia, 2 Ligas Españolas y 3 Copas de Europa).



Fue en su apogeo cuando sus cotizadas rodillas de cristal comenzaron a resquebrajarse. Vueltas sin idas que hacían más valedera su presencia y personalidad, que demostraban que su irremplazable fútbol de manual y esa enciclopedia inexpugnable de movimientos armónicos eran la pieza clave de cualquier equipo.



El 19 de agosto del 2000 el ligamento cruzado anterior estalló en calvario, en recuperaciones y posteriores recaídas alargadas durante 26 meses de bronca en los que el Milan no pudo contar con él, ni él con su sueldo, porque así lo quiso. La gracia a pie dijo basta en 2004, el fútbol en estado tangible se cansó de ser el protector de su porte y se hizo sombra.


Con elegancia hasta en los botines rompió sin piedad el cuadro de cualquier artista y se lo adjudicó firmando en el reverso. Movimientos sincronizados y hasta coreográficos que marcaron el son de su ballet cortesano que aún perdura. Una magistral clase interpretada por el miembro mas prodigioso de la familia real, real madrid.

Un no sé quien se viste de blanco y a la espera desde las gradas recuerda que el bailarín ya brindó su mejor vals e hipnotizó a todos con su galantería. A la espera de escuchar alguna vez aplausos similares.

Una afición nostálgica y empecinada se tapa los ojos y un Santiago Bernabeu absolutamente necesitado y harto de siquiera poder ver la estela de su última gran estrella se hace cargo del primer impulso para cerrar esta historia.


Y así culminamos... golpeando la tapa contra la última hoja del cuento del hábil caminador de la cancha, de este alumno con ventaja de la escuela pedagógica, categórica y sutíl. Un mediocampo se desplomará entero y se rendirá a los pies del eterno y vicioso Príncipe del círculo central. Y es que el es el príncipe. El príncipe de pelo largo, con la 5 en la espalda y la redonda bajo la gamuza.

martes, 25 de diciembre de 2007

Juan Gilberto Funes



Fue por los 80´. Sí, en esa mismísima época, en la que Meteoro, Mazinger "Z", Astroboy y Los Thundercats divagaban por la jovial mente de algunos niños que estaban abandonando el super bólido, el mensú, los muñecos topi y las muñecas Fluorella sabor. Cuando la mayoría de los púber, con las Adidas New York, un buen pantalón desflecado, el típico sweter punto inglés y el infaltable reloj calculadora, se deleitaban en los cines con "Los Bicivoladores", "El pájaro canta hasta morir", "Muchacho lobo" y "Reto al destino". ¿No te acordás todavía? Vamos, si en pleno jolgorio quinceañero, en esa tanda medio retro, habrás escuchado "Murmullo descuidado" de "Wham" y esa mirada cómplice entre tus viejos te hizo entender todo. Si los habrás escuchado "tirar para arriba" con Miguel Mateos. ¿Te acordaste ya? No hay más líneas para explicártelo. Capaz este personaje ayude. No a vos, pero cuando le tires el apellido a tu papá o a tu tío lo van a tener ahí en la punta de la lengua, queriendo soltarlo, a punto. Buscando ese placer en el recuerdo de semejante tipo. Un centrodelantero solidario que estaba en boca de todos, del fútbol, de la contundencia, de la perseverancia, del gol. Un goleador de alta escuela, de una de las escuelas extintas. Un verdadero atacante. El sinónimo más preciso del centroforward: Juan Gilberto Fúnes.






Aquel indeleble torso ensanchado y algo redondeado. Ese gollete corto, voluminoso y sin papada con esas inconfundibles y morrudas piernas. Inolvidable. Pasó hace un tiempo por acá, ¿ lo viste?. Fue el mismo que se llevaba todo a la rastra con una desmesurada potencia y que si bien habitaba el plano césped, tenía un pelaje oscuro, era venerado por una hinchada fervorosa, más bien una tribu, y estaba constantemente acechado por defensores furibundos, cuasi cazadores, no fue un animal. En realidad sí lo fue. Fue algo similar a un búfalo. Uno indomable dentro del área chica, de tres cuartos para adelante, siempre para adelante. Al frente y a correr. A correr y a la red. Una bestia, un rumiante mamífero patán y bandido, bandido del gol. Ni bisonte, ni buey: búfalo.
Un tipo que a pura polenta, sin pajaritos, pero con alas se llevó el mundo consigo. Con su brío, su auge, su tozudez y su coraje dejó recuerdos inalterables y permanentes. Fulgurantes destellos de argucia, de granujería, de un hambre voraz para romper esquemas y transformar su sagacidad en tanto, en anotación, en número. En número y a sumar. ¿Cuántos van?.




Por haber sido lo que fue, ese afable tipo nacido en la cuna del cuero redondo que mamó jugo de gol y comió papilla de valor, que no se olvidó del fango que tragó ni de cuanto le costó lavar esa casaca estirada de Gimnasia de Mendoza que llevó con orgullo. Por todo eso, San Luís aún tiene seca la garganta.
Siendo un pichón anónimo que siquiera había jugado en la primera categoría, Funes emigró al fútbol de Colombia donde se hizo divinidad a fuerza de su simpleza, de su explosión. De su juego explosivo y de aquellos zambombazos sorpresivos, porque "Rambo" no era sólo goles, sino que además era solidario y federal con sus compañeros. Fue el tanque en la guerra, el objetivo de la misión secreta y el trabajo en equipo. Un centrodelantero diferente, adepto al juego sencillo, claro y sencillo, que tuvo su período de adecuación al balompié colombiano, tanto es así que vivió rachas negativas, pero de la mano de Eduardo Manera, quien se hizo cargo de la dirección técnica del Millonarios, encontró su posición justa. Arrancando desde atrás y con pelota dominada. Allí y así nació el verdadero búfalo, el indómito. Tiempo después y tras increíbles temporadas en el equipo de Bogotá, River Plate lo repatrió para las semifinales de la Copa Libertadores, allá por 1986; y todo lo que sucedió después es historia sabida. La figurita fácil del álbum: La final contra el América de Cali. Falcioni despatarrado y Fúnes con la pelambrera al viento, festejando. Porque el búfalo había domado la esférica en el semicírculo del área y ya se había acomodado. Aguantó la marca del pobre de Luna y giró. Giró, domesticó a Valencia y sacudió la red, ahí, rasante y bajo, ahí, junto al poste izquierdo de Falcioni que se había estirado y mucho, ahí y ya era ídolo, ahí... y River ya era Campeón de América.
Sintió el hambre y el barro, sudó e hizo la plancha. Tomó café en Bogotá, se vistió de héroe en Cali, se encontró de un día para otro en suelo nipón, desplegó su ritmo en la península balcánica siendo un helénico más y se disfrazó de cretense y minoico para clavar la redonda en el arco del triunfo una y mil veces. Más estará su nombre siempre grabado en todo lugar que haya sentido su vigor.
Un corazón de andar cansino le echó la falta y con 29 de mano perdió el partido sin entrar a las buenas. Perdió mal y con sed del bueno, un bueno imposible. Fue aquel soplido y no del viento que lo dejó afuera de todo. Con un pie en La Bombonera, una esposa, un hijo y miles de gritos atragantados. Una insuficiencia cardíaca lo frenó en seco, en el momento justo (donde el siempre supo estar). En el momento justo, bien digo, justo cuando sus latidos se detuvieron por obra de esa estrecha
válvula.

Fue un 11 de enero de 1992 que el "9" tomó su alma y la elevó a los topetazos. Aguantó de espaldas y con el corazón en la mano todo lo que pudo. La muerte le hizo marca personal durante un tiempo y finalmente se llevó al arremetedor, al bandido de goles y de sueños, sueños frustrados, inconclusos. Desvanecidos.

martes, 9 de octubre de 2007

Sergio Daniel Martínez Alzuri


Desde chico conté con una particularidad algo peculiar, porque además de ser amante del fútbol y porsupuesto del club del que soy hincha, siempre fui fanático de algún que otro jugador en especial.
Ahora, esto no resultaría para nada extravagante ni atípico, ya que es colectivo y usual simpatizar en mayor o menor dimensión por tal o cual jugador.
Sin embargo, y aquí lo particular, me incliné y, debo admitirlo, aún me inclino por los jugadores que alguna vez exhibieron un descollante y superlativo nivel, pero que con el tiempo no han logrado sustentarlo.
¿Por qué? Porque lo tomo como un pasatiempo, un divertimento extra que me posibilita el fútbol y cada domingo admiro, respaldo, aliento y sufro con ese contrariado jugador. En algunas oportunidades, las menos, cuando retoman el nivel dejo de seguirlos y comienzo, sin perder la simpatía por este, a focalizar en otro. Si el jugador no sólo reúne esta característica sino que además es portador de un buen apodo sin dudas, ni titubeos será uno de los elegidos. Y es que es así, no hay nada más gratificante que oír a un cronista enunciar, vocalizar y hasta deletrear un buen apodo, ese mote que tiene que ir si o si escoltado del apellido, tienen que complementarse, ser ideales y que cuando el player convierta y el estallido de gol sea inminente estés allí, expectante, a la espera de todo lo que pueda prolongarse el grito para permitirte escucharlo una vez mas y ésta vez todo de corrido: Apodo, nombre, segundo si lo hay, y apellido.
"Tiene que llenar la boca, atragantarla, que se lo pueda masticar, escupir..."Tiene que venir de abajo, carraspeado, desde el fondo mismo del esternón, tiene que llegar como un jadeo, lastimarte, tiene que ser lleno, digamos macizo, nutrido, eso, nutrido".
Sin más preambulos, el personaje del día fusiona estas dos quisquillosas condiciones y por ello fue, es y será uno de mis preferidos. Traigan el pan que la manteca está en la mesa...



Gol. Regocijo, regodeo, deleite y vehemencia en la tribuna local. En un santiamén el festejo amaina y al compás del: Uruguayo, Uruguayo! Se reanuda el juego. Él, el factor desencadenante, el autor del tanto ya no se encumbraba hacia el alambrado como en las gloriosas y pretéritas épocas, ya no gritaba, no festejaba con galantería, ni siquiera pateaba carteles como supo hacerlo en algún que otro partido, sino que ubicaba el índice en el morro y demandaba silencio, procuraba callar a los fanáticos, ansiaba callar a todos. Guardaba bronca, mucha bronca. Y es que pese a la dicha de su presente no se olvidaba de los murmuros, de los silbidos, de la desaprobación, ni de los insultos, no ignoraba nada.
Sergio Daniel Martinez Alzuri se inició jugando al baby fútbol en el club Vesubio Centella. A los 11 años ya se hallaba en las inferiores del Defensor Sporting, tan sólo con 16 había debutado en la primera división de aquel cuadro y pocos meses después fue transferido a Peñarol, donde no sólo crecio en prestigio y experiencia, sino además en posibilidades ya que fue su gran vidriera. Así, con esa chapa, con esa apesadumbrada mochila, cayó en Boca hacia 1992. Gozó de temporadas espléndidas, muy buenas, buenas, regulares y algunas, las de sequía en la red, deplorables, pero siempre buscó, peleo por su hueco y se ganó un lugar. Pese a que fue colgado (no tenido en cuenta) por Carlos Salvador Bilardo, repudiado por un significativo sector de los hinchas, siguió entrenando, amaestrandose a sí mismo, con la misma grandeza. Con las mismas ganas. Será por eso, por su coraje, el de apopiarse de un compromiso mayúsculo y no haberlo esquivado, será por eso que cuando "manteca" demostró, que cuando la racha se extendió y se hizo presente en un aluvión de goles, tanto es así que quedó séptimo en la tabla general de goleadores en la historia de Boca con 87 tantos y segundo detrás de Martín Palermo en la lista de la era moderna (década del 60 en adelante), no hubo adulación, zalamería, ni cántico que alcanzara, no había modo de manifestar la aflicción y el arrepentimiento.






Luego de su dilatada estadía en el club de la ribera, Martínez pasó al Deportivo La Coruña, pero por distintas lesiones no pudo tener continuidad, su físico estaba muy deteriorado, desgastado, es por esto que el equipo español contrató a Sebastián Washington "Pomada" Abreu, quien, para que vayan mamando el método de elección, cumple con creces los dos minuciosos requisitos. En el ocaso de su carrera engatusó, embelesó y enamoró, con su principal arma de seducción, su gran encanto: los goles, a los hinchas de Nacional.









Con su selección, la uruguaya, disputó cuatro Copa América (Brasil 1989,Chile 1991, Uruguay 1995 y Bolivia 1997) y hasta se dio el lujo de formar parte del plantel en la Copa Mundial de 1990, en Italia. Nos dejó sin goles en 2001, ya que aquel año se retiró jugando para Nacional.
Sin vacilaciones fue uno de los distintos, un superior, uno de los mejores delanteros del fútbol uruguayo, pero fue mucho más para los argentinos. Motivos: varios.Tal vez por aquel gol decisivo que le hizo de penal a Brasil en la Copa América 95, ese que dejó afuera a los cariocas y que gritó todo el país, quizás por su envidiable orientación, su sangre, su frialdad en la definición y por dar un verdadero ejemplo, cuando luchó ante la adversidad y revirtió su situación en un club complicadísimo como lo es Boca Juniors, o capaz por la sencilla razón de tener un apodo suntuoso e ideal.









Por a, por b o por c fue aborrecido y venerado. Despreciado e idolatrado. Siempre cara o ceca.
Ejemplo de muchos, hasta del mismísimo Juan Román Riquelme, fue la boca llena de gol en cada picado entre amigos, fue el mas imitado, fue el olfato, la raza, el paradigma de los atacantes, el toque final, el oportunismo en pinta, la chispa y la velocidad.
¿Cómo olvidar esa melena, esa pelambrera castaña? ¿cómo no extrañar ese pañuelo rojizo que flameaba cuando agitaba su mano izquierda?. Imposible.
Porque no fue casualidad que el texto haya comenzado con aquella palabra inicial, puesto que él, el que perdona pero no olvida, el implacable o simplemente "Manteca" fue sinónimo de gol, más bien el hombre gol. Porque dejó ese sí sé qué de goleador y un sello, un sello propio en la historia del fútbol. Porque como buen hechicero, hechicero de arqueros, dejó algo mágico, algo que atesora todo fanático de Boca Juniors, sino preguntenle a Guillermo Barros Schelotto, al que le dejó su historia: La 7.

Periodista: - ¿Qué cara ponen los defensores cuando te ven con pelota dominado en el área?
Martínez:- No los miro, sólo pienso en meterla.






lunes, 17 de septiembre de 2007

Gustavo Eberto



Había una vez un ángel. Uno de esos elegidos desde muy jovenes que son arrancados de todo para cumplir con sus funciones. Voluntarioso, trabajador, respetuoso y responsable, de esos especiales que hablan bajito y pausado, sútiles y tenues: armónicos. Un ángel guardían, guardián de los tres postes.

Cuenta la historia... que entre el barro y la lluvia, una blanca sonrisa volaba de izquierda a derecha y de derecha izquierda atrapando, atenazando y descolgando pelotazos debajo del horizontal. Aquella reluciente sonrisa era de "Anguila", el menudo, pero inmenso en acción, arquero del humilde club Banco Provincia que esa tarde había deslumbrado a Víctor Civarelli y al preparador físico Alfredo Altieri, los enviados de Boca Juniors que fueron a Corrientes para detectar talentos. Lo escogieron entre 400 postulantes.


El joven portero, de tan sólo 15 años, era muy tímido, pero cuando pisaba la grande y se revolcaba en la chica se transformaba por completo, porque se divertía y jugaba a ser como sus máximos idolos, Navarro Montoya y Ángel, valga la paradoja, David Comizzo.


Con apenas 15 años y tras varios intentos frustrados en otros clubes, entre ellos: Gimnasia y Esgrima de La Plata, River Plate y Racing Club de Avellaneda, el 17 de Enero de 1999 llegó al club "xeneize".


De la mano del "Virrey" Carlos Bianchi se acercó a la primera división como la joven promesa que venía pisando fuerte detrás de Wilfredo Caballero, pero su gran "explosión" fue en el Sudamericano Sub-20 de Uruguay, cuando todavía ni siquiera había debutado en el equipo de la ribera. Atajó solo 2 partidos en Boca y con mucho tiempo de diferencia entre ellos (2oo3 y 2005).


En el 2006 fue cedido a Talleres de Córdoba, en donde jugó algunos encuentros y fue figura preponderante del conjunto cordobés. El tiempo no le permitió demostrar todo lo que tenía para ofrecer. Quería volver a Boca y poder ya con experiencia y más roce, afianzarse allí, pero ya estaba todo estipulado, había sido elegido, lo precisaban arriba.


Fiel a su tozudo estilo, se resistió a irse y luchó con valor, coraje y paciencia durante un año y medio contra la dañina y dolorosa enfermedad que padecía: Cáncer. Nunca se dio por vencido ni bajó los brazos. Nació para ser arquero y murió para ser un ángel.

Cuenta la historia...que en los días de lluvia, esos en los que hasta al trabajador más incorrompible le cuesta despertarse, esos en los que el cansancio puede mas que el mismísimo sacrificio y en los que cualquiera pagaría lo que fuere por cerrar los ojos sin culpa alguna.
Es en esos días y en ese preciso momento que se abrirá paso por los cielos, entre la niebla y las nubes, con un alegre chamamé de fondo -su música preferida- el guardián de los tres postes, un laburante incansable, quien con la cara embarrada, muy embarrada de tanto entrenar se tomará un buen mate, extenderá una sonrisa cómplice y sencilla, les dará los buenos días y pedirá que le pateen una vez mas la pelota para poder embolsarla y esconderla bajo la palma de su guante izquierdo, donde la ocultará para siempre. Había, hay y habrá una vez un ángel. Un ángel guardián. Un ángel guardián con nombre y apellido: Gustavo Eberto.

"Detrás de un buen equipo, siempre tiene que haber un gran arquero, un pilar donde depositar la confianza cuando la mano viene pesada como anoche ante los uruguayos. Y eso es lo que logró Gustavo Eberto con un par de intervenciones brillantes, especialmente en el primer tiempo, cuando los chicos de Tocalli no hacían pie en el Centenario y los Charrúas amenazaban con golear". ( 17 de Enero de 2003, Sudamericano Sub-20 Uruguay 1 - Argentina 1)


lunes, 13 de agosto de 2007

La maldición

Hasta la fecha había hecho posteos de distintos personajes, personajes que siempre fueron personas. Hoy vamos a tener un personaje algo diferente, ya que el protagonismo del día de hoy no está en una persona, ni en muchas, sino en una historia, una gran historia, casi una leyenda del fútbol nacional.


Maldición:

"Desgracia que se considera un castigo impuesto por una fuerza sobrenatural"
"Palabra que se dirige a alguien o a algo como manifestación de aversión o enojo y que traerá un deseo de que le venga algún daño".


"Dicho de una persona o un conjunto de personas que teniendo la autoridad o una relación sobre la persona u objeto, podrá o podrán desear el mal".

En fin, creyentes o no, acá va una historia maldita.






River y los 18 años sin títulos






"Que veinte años no es nada". Así afirmaba en su estribillo el famoso tango "Volver" de Carlos Gardel, pero cualquier hincha de River Plate, sí River Plate, uno de los clubes más grandes del fútbol argentino por historia, comprendió que 20 años, y en este caso 18, también son y mucho, ya que entre 1957 y 1975 el conjunto de Núñez no consiguió ningún campeonato. Fue durante aquellos años de sequía cuando se creó toda una leyenda futbolera, un verdadero mito: La maldición de los 18 años sin títulos.



Si de "Volver" hablamos habría que remontarse a 1975, cuando un Ángel, y no me refiero a un espíritu celeste criado por Dios, sino a Ángel Labruna, integrante de la recordada "máquina" de la década del 40 de River, quien sí con mucho espíritu, pero no celeste, más bien rojo y blanco llevó a River Plate, tras 18 años áridos de títulos, a lo más alto y así pudo "Volver", volver a ser campeón.



La historia de la "maldición" comienza luego del tricampeonato que River obtuvo en 1957, porque a partir de allí la mala suerte los seguiría durante largos años, a pesar de las buenas campañas.



En diciembre de 1962 se enfrentó por la penúltima fecha de un emotivo torneo ante el líder de la tabla y su eterno rival, Boca Juniors. El partido fue vibrante, ya que Boca abrió la cuenta con un gol de Paulo Valentim y dejaba así afuera de la lucha del campeonato a su archirrival, pero a cinco minutos del final, el árbitro, Nai Foino, cobró penal para River y el arquero "xeneize" Antonio Roma se adelantó y contuvo el disparo de Vladem Lázaro Ruiz Quevedo, o a secas Delem.



Las quejas por parte de los jugadores "blanquirrojos" no tardaron en llegar, pero Foino convalidó el penal y Boca se alzó como campeón en la fecha siguiente.



La seguidilla negativa se prolongó en 1965 y 1966, ya que en los torneso de ambos años quedó en la segunda posición, pero la desazón sería aún mayor, porque también perderían la final de la Copa Libertadores 1966 y cargarían con el mote de "gallinas", que los acompañó de allí en más, tras ir ganando 2-0 y perder por 4-2 frente a Peñarol de Uruguay.



En 1968 y 1969 se presentarían tres nuevas oportunidades para cortar la racha. La primera contra Vélez Sarsfield, en el Viejo Gasómetro, pero se frustró cuando el árbitro del partido, Guillermo Nimo, no cobró una mano clara del defensor de Vélez Luís Gallo, que impidió el gol de River, la segunda y la tercera fueron en las finales del Metropolitano y el Nacional 1969, aunque estas posibilidades se esfumaron rápido, ya que se vio superado, en forma amplia, por Chacarita Juniors en el Metro y por Boca en el Nacional, de modo que otra vez a "volver con la frente marchita".



En 1975, cinco años después de finalizar la década más negra de su historia, River Plate, cortaría la desesperante maldición, con la llegada de Ángel Labruna, y obtendría el título Metropolitano y el Nacional.



Don Ángel, como se lo conoce popularmente, cambió por completo la moral de un equipo decaído y se transformó en padre ejemplar de los jugadores que conformaban el plantel, entre los que se destacaban Ubaldo Fillol, Norberto Alonso, Roberto Perfumo, Reinaldo Carlos Merlo, Carlos Morete, Daniel Passarella y Juan José Lopez, entre otros.




River dominó el Metropolitano con gran facilidad en la primera rueda, pero en la segunda los fantasmas de la "maldición" aparecerían en el partido contra Independiente, cuando fuera expulsado y posteriormente sancionado por seis fecha el "Beto" Alonso, máxima figura del equipo, por agredir a un juez de línea. La ausencia de Alonso fue clave en el declive del equipo en las consiguientes fecha, pero frente a San Lorenzo regresó el ídolo en todo su esplendor y alejó, de manera temporaria, a los fantasmas, ya que convirtió dos goles que le dieron a River una victoria fundamental, esencial.




Cuando la coronación del equipo de Núñez era inminente, porque restaba solo una fecha ante Argentinos Juniors y River era puntero, se realizó una huelga en Futbolistas Agremiados y los jugadores profesionales no se presentarían. Argentinos siempre se caracterizó por tener una gran cantera y sacar jugadores juveniles- Maradona- muy poderosos. Otra vez los fantasmas, los miedos, la desesperación, el rigor...la maldición.




El partido fue muy parejo, demasiado. No obstante el juvenil Rubén Bruno sentenció el encuentro cuando metió un gol, ése gol, el gol, el del campeonato, el que cortó aquella racha, el del adiós maldición, el del título, el de River Campeón, el que afirmó que ahora ya no duele, que lo cante Gardel nomás.




Para Chona y Ale con afecto.






martes, 24 de julio de 2007

Mirko Saric




¿El principio del fin?.¿El fin del principio?. No sé, pero se me tornó completamente ineludible comenzar el posteo de otra forma, es decir, voy a dar inicio al posteo por el fin, valga la paradoja, de este inolvidable personaje.




"Mirko Saric se suicidó en su casa del Bajo Flores. Se ahorcó colgando una sábana de una barra de gimnasia. Se reponía de una grave lesión. Sufría depresión y estaba asistido psicológicamente".
Bajada extraída del Diario Página/12. Abril del 2000.






A saber:


El caso tiene elementos que lo sitúan en el campo deportológico y otros que lo ubican en el campo psicopatológico. Mirko era un adolescente que vivía con su familia de origen: el suicidio es la segunda causa de muerte en adolescentes, luego de los accidentes de tránsito (él había tenido uno pocos días antes) y es más común en varones. Mirko estaba lesionado gravemente: había sido operado en enero y tenía la lesión más grave e incierta que puede tener un futbolista, la misma que Martín Palermo: ligamentos cruzados de la rodilla; ocho o nueve meses, con suerte. El lesionado se siente excluido y puede caer en una severa depresión: "Pensé que tenía que largar todo", había confesado Mirko luego de la lesión.La personalidad de Mirko se presenta como débil, frágil, sensible, con muchos altibajos en su ánimo: lejos de la fortaleza psíquica necesaria para sobrevivir en este deporte, y con un cuadro aparente de conflictiva familiar. Luego de su muerte, su hermana se quejó públicamente de que el club no se había ocupado de los aspectos psicológicos de su hermano, quien había empezado hacía una semana tratamiento con una psicóloga que le buscó y le pagó su familia (luego de haber dejado el tratamiento psiquiátrico por miedo a que los medicamentos fuesen leídos como doping). Todo el que no juega –suplente, expulsado, lesionado– se siente excluido, pero el lesionado vive además con la incertidumbre de su futuro. Eso era terrible para un chico que ya había jugado 52 partidos en Primera y que había sido "bajado" a tercera, luego de haber llegado a valer 10 millones de dólares.


29 años son lo que hubiese cumplido el 6 de junio pasado Mirko Saric, pero no pasó. Una familia entera ya no festeja hace siete años la fecha de su cumpleaños, a una familia entera le duele ver cualquier partido de fútbol, una familia destrozada ni siquiera grita goles, y menos de San Lorenzo, porque él, que era quien habitualmente asistía a los goleadores, ya no está mas.
Desde muy pequeño, Mirko mostró sus cualidades y fanatismo por el fútbol, por lo que sus padres Ante e Ivana, ambos de origen croata, lo llevaron a jugar a las infantiles de San Lorenzo de Almagro, y luego de realizar, con muchísimo sacrificio, todas las divisiones inferiores y de destacarse en la reserva del club debutó, el 19 de febrero de 1998, en la primera.

En 1999 y a partir de la llegada de Oscar Ruggeri al mando del "Ciclón" surgió como uno de las promesas mas importantes del equipo, tanto es así que su pase fue llegado a tasar en 10 millones de dólares y era uno de los preferidos de José Nestor Pekerman en el seleccionado juvenil argentino Sub-20. Sin embargo algunos actos de indisciplina y su inexperiencia, por el poco rodaje en la máxima categoría, le restaron chances y a mitad de temporada no sólo perdió la titularidad en los cuervos, fue relegado al banco de suplentes, y no fue citado a los juveniles, sino que además tiempo después fue bajado a la tercera división. Demasiado para un chico de 20 años.
Buscó, luchó, peleó, alcanzó su nivel y regresó a la primera división, pero iba a ser por un corto lapso, puesto que unos meses después, en un partido ante River Plate, sufrió la rotura de los ligamentos de su rodilla que lo iba a dejar inactivo por mas de 9 meses. Nadie imaginó que aquel encuentro iba a ser el último que jugaría, pero lamentablemente así lo fue. Nunca más pisó una cancha para un partido profesional.
"Alto, flaco, fachero, tranquilo y muy pacífico", así lo definieron la mayoría de sus amigos. Un tipo humilde, de esos que en las peleas intentan mediar y separar, de esos sensibles que no tienen verguenza de emocionarse con alguna película o de decirle a sus seres queridos cuanto los amaba, un pibe realmente bárbaro y principalmente un jugadorazo, que pese a su altura, desplegaba, en base a su notoria clase y su extrema calidad, un gran fútbol.
El acelere que produce la vida diaria impide, a veces, escuchar a aquellos que realmente lo necesitan, ya que si bien Mirko era muy introvertido e incapaz de molestar a alguno de sus compañeros con sus problemas, tal vez con un gesto, una seña o una mirada de dolor pidió ayuda y dio una señal, un alerta, un llamado de atención, del que nadie se percató.
De total conocimiento es el desenlace de Saric. No dejó ningun sobre con ningun papel, con ninguna carta, solo se fue. Lo que si dejó es una lágrima por cada pase, un sollozo por cada gambeta, un lamento eterno por cada gol e infinidad de preguntas alrededor de aquella decisión de abandonar todo, de partir. Tus padres, hermanos y amigos aún te sueñan, la pelota aún te llora, San lorenzo aún te extraña, el fútbol te añora y el carril izquierdo, tu carril, ese que recorriste una y mil veces, ese que te dio todo y que conocías de memoria te recordará por siempre.

lunes, 18 de junio de 2007

Daniel Delgado


Los amantes del fútbol sabemos que hay cuestiones básicas e ineludibles, que se convierten con el paso del tiempo y la suma de conocimientos en obviedades. Un caso de esos es preguntarse que jugador va a ser mas reconocido, si el que hace los pases o el que mete los goles. Sin lugar a dudas, el que hace los goles. Será porque la tabla de goleadores es mucho mas importante que la de asistencias, porque dirán que está en "racha" y saldrá en todos los medios, o simplemente porque quedará en el score y se mencionará que tal o cual jugador hizo un tanto a tal o cual minuto del juego. Bueno, por lo menos en la mayoría de los casos es así, pero en el de éste personaje no lo fue. Y me salió el tiro po la culata. Claro, él recibía los pases de alguien que iba a ser un poquito importante en la historia del fútbol: nada mas ni nada menos que el jugador mas grande de todos los tiempos.
Un arma con mucha "Pólvora"
Atento, expectante, con la vista clavada en el arco, como buen goleador, y con una tradicional, aunque más modesta de lo normal, cinta de capitán en su brazo, que resaltaba de su manchada camiseta rojiza, Daniel "Polvorita" Delgado, veía a "Pelusa", su compañero de innumerables partidos de fútbol y travesuras, convertir los últimos dos tantos que sellaban el 4-0 con el que "Los Cebollitas", filial del club Argentinos Juniors, obtenían los Juegos Evita 1974, ante el equipo de Misiones.
Treinta y tres años transcurrieron de aquel inolvidable encuentro. Es sabido lo que el destino le deparó a Diego Armando Maradona con su posterior consagración como el mejor jugador del mundo, pero pocos son los que conocen los pasos de aquel capitán y goleador de los legendarios "Cebollitas".
Tras ir escalando en las divisiones de Argentinos Juniors, con los "Cebollitas" ya desmembrados, Daniel Delgado fue cedido al club Argentino de Merlo por un corto lapso. Luego regresó y debutó en la Primera de Argentinos, promovido por Delem, el ex delantero de River y director técnico del "Bicho" en aquel entonces, pero frente a una posibilida única emigró a Europa con rapidez.
Su primer club del exterior fue el conjunto italiano Chievo Verona, en el cual se quedó hasta 1982, ya que después fue transferido al Nola, filial del Nápoli, equipo en el que se desempeñaba Maradona y donde, por fin, la vida volvió a unir a "Polvorita", ya convertido en "Pólvora" y a "Pelusa", ya el mejor, lejos, porque todos los lunes jugaban juntos en partidos que el club napolitano hacía a beneficio del Etiopia.
En 1985 jugó en Catanzaro, y poco después en Pescara. Es importante saber que no pudo jugar nunca en la primera división, porque le faltaban algunos papeles para concretar la ciudadanía. Es decir, talento le sobraba, era un gran jugador, muy astuto. Allí, en Pescara, una fractura de tibia y peroné le cortó la carrera a los 29 años de edad y volvió a Buenos Aires, tras 7 años de ausencia.
Su prematura despedida del fútbol, por aquella lesión, fue un trago amargo en la vida de Delgado, pero pese a eso, él se sentía pleno y felíz, porque había vuelto a recibir, en su paso por Italia, como aquel niño que jugaba en "Los Cebollitas", los pases de ese jugador de otro planeta. Lo importante es que ahora tendremos en cuenta que tras esas descomunales asistencias siempre hubo un gran receptor y goleador, un tipo humilde y genial, quien fiel a su apodo, propulsaba los proyectiles que "Pelusa" le tiraba con su mejor arma.

martes, 12 de junio de 2007

Neri Raúl Cardozo


"Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos"..."Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente con la lógica"..."Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones"... "Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento". Estos fragmentos del cuento "Me van a tener que disculpar" que Eduardo Sacheri le dedica a Diego Armando Maradona calzan justo con mis sentimientos, pero por otro personaje un tanto menos mayúsculo. Sembrará discordia, lo sé. Me van a tener que disculpar. Admito que no es un personaje consagrado, ni magnánimo, por lo que no merecería estar primerísimo primero, pero por ser dueño de éste blog me voy a dar un pequeño gustito. No quería hacerlo sin antes pedirles unas meritorias disculpas. Acompañenme en este camino y conozcamos un poco más de este personaje.


Boca Juniors padecía la ira de un Independiente ávido de éxitos que precisaba con apremio de un triunfo. Un tanto y el dominio absoluto del pleito le otorgaban al cuadro de avellaneda un manantial de confianza, cuando promediaban los 35 minutos del período inicial. Juan Román Riquelme, quien acaparaba toda la atención por su flamante regreso al cuadro "xeneize", era abolido por los volantes rivales y no lograba conectar con un deslucido Rodrigo Palacio, ni con un tosco Martín Palermo.

Riquelme paró la pelota, un quiebre, un freno y la redonda al vacío , al completo vacío. La imagen se quedó con el cuero rodando por la gramilla, al parecer, sin destinatario alguno. Sorpresa. Una estrella fugaz azul y oro tomó la redonda que parecía resignada a salir por la línea de banda y la transportó varios metros hasta dejarla incrustada en la red. ¿Es un avión?.¿Es una liebre?. ¿Es una flecha?. ¿Acaso es Superman?. No, es Neri Cardozo, quien segundos después del formidable tanto, posó su efigie de cara a la hinchada, su hinchada, la cual aún no comprendía lo sucedido. Se archiva en todas la mentes una estampa, cual Paul, no San Vicente, sino Claudio Paul, Claudio Paul Caniggia en el gol a los brasileros en el Mundial del `90.

Amasijo de raudeza y perspicacia, amalgama de talento y perseverancia, el humilde joven mendocino, de tan solo 21 años, demostró con altanería, guapeza y destellos de "fútbol champagne" que es merecida la reciente convocatoria de Alfio Basile para el seleccionado argentino. Aquel niño tímido que debutó de la mano del "Virrey" Bianchi en el 2004 hoy descolla domingo tras domingo. La hora de despegar llegó y dejenlo, porque él, él sabe volar.


El partido que se menciona: Independiente- Boca del pasado torneo. Ganó Boca 3-1 con un monumental, valga la paradoja, gol de Martín Palermo desde la mitad de cancha. Independiente siguió y sigue, sin intención de ofender a algún hincha rojo y sin querer ser un "diablo", cuac ja, ávido de éxitos.

Es un hecho también que el nivel de Neri Cardozo bajó mucho desde la temporada pasada hasta la actualidad. Sus ultimas actuaciones se tornaron decepcionantes. Pese a todo esto, es una debilidad futbolística que me la permito. Me van a tener que disculpar.

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