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miércoles, 17 de junio de 2009

Ayrton Senna da Silva


Las llamas de la archirrivalidad ardían en el Maracaná y dos de los equipos "mais queridos do brasil", Flamengo y Vasco, protagonizarían otro memorable clásico tritura gargantas.
Aquel coro al únisono acaparaba toda la atención y provocaba el crecimiento de ese fuego previo al cotejo. Inusual por varios factores: no se trataba de una figura consagrada, ni de una joven promesa de algún club o de la “verdeamarela”. Ni siquiera de la presitgiosa y gran perla negra.
El griterío, con alaridos desmedidos y aplausos iracundos, fue el improvisado adiós a la única persona capaz de lograr la adhesión popular futbolera siendo ícono en otro deporte. El indicado para poner un freno al espectáculo de la redonda sin sacar el pie del acelerador: Ayrton Senna.

Ese pequeño "de papai" fanático de los kart tomaba el primer papel del casco y descubría su exclusiva posición en la parrilla de largada de aquella carrera por el gusto. Su talento y suerte daban el sí y juraban quedarse tanto en la prosperidad como en la adversidad y se adherían por completo a ese "menino" que comenzaba una estrecha amistad con el uno.


A partir de allí siempre largó primero de cabeza y de alma para poder trasladarlo al resultado que arrojaba la grilla. Su arriesgado célico celestial en la pista y su timidez bajo el monoplaza llenaba de incógnitas el entorno de este misterioso personaje que ya había conquistado el campeonato de la Ford Británica con su dinámica y era observado por Frank Williams, que acabaría siendo su último jefe de equipo.

Iluminado por la velocidad y dominando con una destreza sublime, gracias a los kart, los recorridos bajo lluvia logró encontrar la fórmula del éxito y la fórmula uno...que ya lo esperaba. Se disfrazó de rayo durante el intenso aguacero entre el mar mediterráneo y la riveira francesa que lo catapultó a su primer podio y mostró el fragor de su estruendo durante la inverosímil tormenta en Estoril que le facilitó el gran premio y la comodidad en la máxima categoría.

Pole position en la vida no mermará su rendimiento ni aunque se le adjudique un romance con "la reina de los bajitos", sostendrá con dureza que el segundo es el primero de los perdedores y pecará una vez más en la presteza de su aceleración que le brindará tres alegrías mundiales (1988, 1990 y 1991).

Pastor meteórico bermellón guiará ovejas metalizadas que lo seguirán siempre a la zaga y se rendirán ante el poder de su implacable prédica de la perspicacia. Damon Hill, Alain Prost y Nigel Mansell, sus corderos más rebeldes, lo añorarán y contarán pastores por las noches para poder dormirse.

Se regodeará con un pasaje de la biblia antes de convertirse en el "monster of the rock" del trazado de Donnington Park, hablará con dios en la curva de Eau Rouge en Spa-Francorchamps y le pedirá fuerzas para no perder la calma y propinarle ese puñetazo a Eddie Irivine en Japón, que fue inevitable.

Una vuelta demás en la prueba y una declaración descolocada en Imola, previo al Gran Premio de San Marino explotarán en desconsuelo en plena carrera durante la curva de Tamburello cuando su coche ya esté destrozado, el daño de su cabeza sea irreversible y la bandera en el interior de su auto en homenaje al fallecimiento del austríaco Roland Ratzenberger sirva para secar las lagrimas de una nueva tragedia que se llevaba en menos de siete vueltas al mejor piloto del mundo transformado en poster y mito.


Lo ulterior es historia: un funeral masivo en Morumbi, llantos, por qués, traumas y el habitual egoísmo por la desparición física del astro de los cambios y las cuatro ruedas. Ese espíritu carente de vacilaciones de Senna, incluido el deportivo, se instaló en el joven piloto alemán llamado Michael Schumacher que casualmente venía detras suyo luego del accidente. La naturalidad en los desplazamientos, las posteriores consagraciones y los récords que rompió aquel sigiloso testigo del hecho, lo avalan.


Mientras tanto Beco, como lo apodaba su papá, aprovecha el "face to face" que nunca tuvo con Dios que aún se burla de la frustración de sus rivales y le pregunta al ritmo de las notas de "you` re simply the best" si el mejor piloto con el que se había enfrentado fue Fullerton en kartings o tan sólo lo había dicho para que Prost todavía no pueda dormir.




jueves, 14 de junio de 2007

Roberto José Mouras

"Todavía hoy pienso que la vida de Mouras fue como ofrendada. Todavía hoy, cuando los fuegos de la vehemencia se sofocaron, ahogados. Y los gritos de la intemperancia, enronquecidos, perdieron volumen desvaneciéndose sordamente, para convertirse en una tristeza interminable como la necesidad del hombre pobre". Fragmento extraído de una nota de Alfredo Parga para el Diario La Nación.


El próximo 22 de noviembre se cumplirá el décimo quinto aniversario del fallecimiento del inolvidable Roberto José Mouras. Ese no será un día más para los fanáticos del Turismo Carretera y en especial para los hinchas de Chevrolet, ya que aquel día en plena carrera se mató una de las máximas figuras de la marca.


Piloto amante de la velocidad y los autos tuvo un estilo de manejo agresivo y arriesgado, sin embargo nunca quebró los códigos y la lealtad con los pilotos rivales.

En su prolífica carrera, Mouras vivenció variados accidentes y vuelcos, que causaron las contínuas destrucciones de los automóviles que conducía, pero gracias a su buena posición económica se podía dar el lujo de reponerlos con facilidad.

La gran cantidad de incidentes de los que salió ileso y el coraje que impuso en cada una de sus peligrosas pero emotivas maniobras impartieron la sensación de que era un ser inmortal, perpetuo y magnánimo, que había comenzado hacía tiempo a instalarse en el corazón de los fanáticos del Turismo Carretera, sin distinción alguna de marcas.

Es por esto que ni el mayúsculo pesimista imaginó que aquel 22 de noviembre de 1992 en el circuito de Lobos, cuando, con su Chevy, se disputaba la punta de la carrera contra la Dodge del “chueco” José María Romero, la parca se interpondría en su camino a la gloria y se lo llevaría, pero catastróficamente así fue.

El “toro”, como lo apodaban, en su afán de ganar, exigió en exceso su Chevrolet a través de constantes bloqueos, que provocaron minutos después el estallido de uno de sus neumáticos, lo que desató el trágico accidente, puesto que, con una de sus llantas destrozada, no pudo mantener el control de la Chevy que se estrelló contra un talud de tierra y tras múltiples vuelcos, su coche se desplomó en la ruta 205.

Así se apagaba, a los 44 años, la vida de un grande, uno de los últimos ídolos del Turismo Carretera, quien ya no saludaría al público a través de la diminuta ventanilla del Chevrolet azul número 9, ya no subiría nunca más a un podio e increíblemente, ya no estaría.

El oriundo de Carlos Casares era un tipo de esos que tenían perfil bajo: respetuoso, introvertido e incapaz de crear polémica, gestar conflictos o emitir frases venenosas y plagadas de mala intención en sus declaraciones. Será por eso, y por cómo amaba el automovilismo deportivo, que fue, es y será la imagen de Chevrolet y a su vez, el piloto al que todos quería vencer pero el cual todos disfrutaban ver ganar, porque Roberto Mouras también se apoderó del cariño de los fanáticos de Ford y Dodge.

A 15 años de su muerte, pese a que aún el dolor se hace presente y los recuerdos siguen intactos, ya no es tiempo de fortalezas ni debilidades, de frialdades ni sensibilidades, ni siquiera de llantos o sollozos, porque el próximo 22 de noviembre, a modo de respeto, tal vez de homenaje, habrá un silencio. Un silencio como el que se generó aquel día de 1992, cuando se fue para no volver.

No está más presente quien pone el cuerpo sino quien se hace extrañar, y hoy a Roberto José Mouras se lo extraña y eso, si lo hace inmortal y perpetuo, porque es el mismo recuerdo lo que lo mantendrá por siempre vivo.






En el año 1976 le construyen un auto totalmente nuevo, su armado demanda muy poco tiempo, gracias a los orfebres Wilke-Pedersoli y a todo su equipo.
El ingeniero Joseph consigue el auspicio de Hiram Walker (Old Smuggler) ,por eso el auto era totalmente dorado con logos en verde oscuro, igual que la etiqueta de la bebida. Ahí nace el recordado
"7 de Oro" .









"SIETE"


SE ESCRIBE CON S DE“SIMPLE”… PUES LO FUISTE AUN SIENDO GRANDE.
SE ESCRIBE CON S DE“SOLIDARIDAD”… PUES SABEMOS QUE ASÍ FUISTE.
SE ESCRIBE CON S DE“SOBRIEDAD”… PORQUE ASI TE MANEJASTE EN LA VIDA.
SE ESCRIBE CON S DE“SENTIMIENTO”… PORQUE TE QUEREMOS DE VERDAD.
SE ESCRIBE CON S DE“SILENCIO”… PORQUE ASI LLORAMOS TU MUERTE.
SE ESCRIBE CON S DE“SIEMPRE”… PORQUE NO TE OLVIDAREMOS.
SE ESCRIBE CON S DE“SIMPLEMENTE”… PORQUE ASI SERAS POR SIEMPRE:“EL TORO MOURAS”
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